TRIBUNA: La emergencia de la placenta en el discurso de la biología contemporánea (por Emilio Muñoz)
A lo largo del desarrollo de un programa de investigación sobre filosofía de la biología he propuesto la hipótesis de que la investigación en biología trascurre por medio de procesos circulares, en cada círculo se generan conocimientos científicos y técnicos hasta que se alcanza un hecho, un estadio de los conocimientos, que permite el salto a un nuevo tema (un nivel superior). Para intentar aclarar esta propuesta se ha recurrido a metáforas o analogías como la de un “muelle” --los niveles corresponderían a los pasos de la hélice-- o la de la estructura del átomo, cuyos niveles corresponden a las órbitas en las que se mueven los electrones.
En la lectura pausada de la revista Investigación y Ciencia (versión en español de Scientific American) he encontrado un artículo en el número de agosto de 2018 que prueba la incorporación de la placenta a la más rabiosa actualidad de la alta divulgación. Una sorpresa que se destila en las páginas 70-77 con el título “La placenta, el primer órgano del bebé”, bajo la batuta de dos profesores de la Universidad de California: Adrián Erlebacher, profesor del Departamento de Medicina de Laboratorio, y Susan J. Fisher, profesora del Departamento de Obstetricia, Ginecología y Ciencia de la Reproducción, ambos de la Facultad de Medicina de la Universidad de California en San Francisco.
En este artículo concurren una serie de pautas que merecen atención: es una notable puesta al día de las características de la placenta, que se realiza bajo una perspectiva interdisciplinar, poniendo de manifiesto que la placenta se coloca en el foco de las investigaciones de alto impacto. Se ha revelado que existen en este órgano una serie de propiedades que hacen del mismo algo que va más allá de ser responsable de suministrar nutrientes y oxígeno al feto y eliminar los desechos, por fundamentales que sean estas funciones de despensa y basura reconocidas desde décadas.
El desencadénate para tal revisionismo deriva de la capacidad del virus del Zika para pasar de la madre al feto con consecuencias dramáticas, ya que puede producir la muerte del feto o secuelas cerebrales que va a arrastrar el recién nacido, como la microcefalia.
Hay otro dato en el artículo que aporta evidencias en relación con la hipótesis enunciada al principio y que nace de una aplicación del método científico. Si examinamos la sección “Para saber más” (página 77), se observa que los trabajos orientados a profundizar más sobre el tema son recientes. Dos de ellos pertenecen precisamente a los firmantes del artículo que comentamos: uno de A. Erlenbacher, en el Annual Review of Inmunology de 2013, y el otro de Emin Maltepe y S. Fisher en el Annual Review of Cell and Developmantal Biology de 2015, mientras que los otros dos datan de 2011 y 2014. Sin embargo los textos de archivo, es decir, los aparecidos en la propia revista sobre el tema son de 1980 y 2001. Es decir la placenta ha experimentado un evidente tiempo de letargo en términos de alta divulgación; ahora estamos en periodo de intensa explosión informativa.
Los hallazgos que relatan Erlancher y Fisher son de indudable peso y los resumimos a continuación. En primer lugar, la placenta crece con suma rapidez, porque asume las funciones de otros órganos hasta que alcancen su plena funcionalidad en el embrión: hígado, pulmones y riñones. Una forma celular, el trofoblasto constituido por un grupo de células especializadas, emerge en la superficie del embrión para segregar hormona que alertan al cuerpo materno y que facilitan la penetración en la pared uterina. Este trofoblasto se divide con rapidez y genera estructuras y ramificaciones. Uno de sus grandes papeles consiste en canalizar el riego sanguíneo materno hacía si y, para ello, mimetiza a células del endotelio de los vasos sanguíneos facilitando una función dual: la sangre materna fluye con profusión y aporta nutrientes y oxígeno, pero asimismo invade las venas uterinas, con lo que la sangre retorna a la madre; se cierra el circuito facilitando así la evacuación del dióxido de carbono y los desechos. Incidentalmente, con estas investigaciones sobre estadios tempranos se ha descubierto que “la placenta vierte grandes cantidades de ADN fetal en la circulación materna”. Este logro serendípico ha permitido reemplazar técnicas más cruentas para detectar potenciales malformaciones fetales.
Un segundo apartado del artículo desvela las importantes relaciones de la placenta con el ambiente; los autores apuntan que “Los genes del feto dirigen gran parte del desarrollo de la placenta, pero el microambiente…resulta determinante”, una satisfacción intelectual para quien escribe. Estos procesos tienen lugar en la interfase maternofetal, en la que varios tipos de leucocitos circulan con la sangre materna. Lo sorprendente en lo que respecta a la relación con el sistema inmunitario es “que el sistema materno no rechace al feto” y aún lo es más que no solo se dé este fenómeno de tolerancia, sino que estimule el crecimiento de los tejidos de ese cuerpo extraño que es el feto.
Continuando con las sorpresas, hay que señalar que a lo largo de dos décadas se ha ido construyendo la evidencia que prueba lo que se ha llamado “contradicción del sistema inmunitario”. En los ochenta se descubrió que un tipo de leucocito, “linfocito citolítico natural” (natural killer cell), que suele destruir las células tumorales y las células infectadas por virus, abunda en la cara interna de la interfase maternofetal. En los noventa, el grupo dirigido por Anne B. Croy, en la Universidad de Queen en Ontario, halló que esos linfocitos estimulan el desarrollo de la placenta, postulándose que para ello secretan sustancias que “aceleran la pérdida de las células que tapizan las arterias, lo cual facilita la irrupción de las células placentarias en los vasos sanguíneos maternos”.
Los importantes procesos biológicos detallados son sin duda una fuente de riesgos. De ahí que no sea inaudita la existencia de errores, tales como: el aaborto prematuro, el crecimiento uterino retardado y la preeclampsia. Ante estos retos, los autores proponen el necesario estudio de los problemas de la interfase maternofetal. La gestación es un milagro por lo que es desgraciadamente factible que aparezcan graves alteraciones que “tienen una repercusión obvia en el recién nacido que precisen el ingreso en cuidados intensivos y que induzcan secuelas neurológicas permanentes”. El epidemiólogo David Barker ha propuesto la “hipótesis de origen fetal” para dar cuenta de la elevada incidencia de enfermedades cardiovasculares y diabetes en zonas desfavorecidas.
Un nuevo problema ha resultado de las infecciones víricas sobre la gestación con la identificación de que la gripe podría alterar el desarrollo cerebral de forma insidiosa, hecho inadvertido durante un tiempo y manifestado años o décadas después (estudio en ratones en 2016 de Dan R, Littman de la Universidad de Nueva York y Jun R. Huh de la Universidad Médica de Massachussets). La pandemia del Zika ha puesto de nuevo el foco sobre el potencial de una infección vírica de la madre gestante para causar alteraciones en el feto.
Esto determinaría según los autores que las agendas de las instituciones promotoras de la investigación biomédica debían reconocer los estudios sobre la placenta a la altura de cualquier problema trascendental para la salud.(1)
Emilio Muñoz, presidente del Comité Científico de Asebio
(1) Curiosamente, la revistaScience ha reconocido como hallazgo del año “un conjunto de tecnologías que permite explorar la secuenciación de ARN de células individuales”. Entre los resultados se señala “el descubrimiento de una nueva clase de células de la zona de contacto del útero y la placenta que media con el sistema inmune de la madre para que reconozca el feto y no lo ataque” (El Pais, 21 de diciembre de 2018, pág. 28, articulo de Nuño Domínguez sobre el proyecto Atlas Celular Humano).