La deuda pendiente con Gregorio Marañón que la biotecnología esta por resolver (y honrar)
En 1920, el médico y humanista español Gregorio Marañón popularizó e hizo suya la frase acuñada por Hipócrates: “No hay enfermedades, hay enfermos.” Parece sencilla, sin embargo, tardó más de un siglo en poder cumplirse del todo.
La frase no aspira a describir un protocolo clínico, formula una ambición filosófica: la de una medicina que reconociera en cada paciente una realidad única, desobediente a las estadísticas o categorías genéricas. Era, en el fondo, una promesa. Una promesa que la medicina del siglo XX acogió con simpatía, pero que durante décadas no pudo cumplir.
Y no podía cumplirla, en gran medida, por falta de herramientas. La medicina clínica del siglo pasado fue, por necesidad, una medicina de promedios. Se diseñaban tratamientos para “el paciente tipo”, se definían dosis estándar, se construían protocolos pensados para funcionar en la mayoría de los casos. Era (y es aún) una medicina eficiente y necesaria, pero inevitablemente ciega ante la singularidad de cada individuo. Tratábamos enfermedades más que enfermos. Lo sabíamos. Y, en cierto modo, lo aceptábamos porque no había otra opción.
La biotecnología ha cambiado esa ecuación de manera radical. No porque haya inventado un nuevo ideal médico, sino porque ha dotado de instrumentos reales a uno muy antiguo. La secuenciación genómica, el desarrollo de biomarcadores moleculares, las terapias dirigidas, la biología de sistemas: todas estas herramientas comparten un denominador común. Nos permiten, por fin, mirar al paciente en su especificidad.
Existe, sin embargo, una percepción que vale la pena cuestionar: la idea de que cuanta más tecnología incorpora la medicina, más fría y distante se vuelve. Que los algoritmos reemplazan la mirada del médico, que los datos desplazan a la empatía, que la biología molecular aleja al paciente del centro de la consulta. Es una preocupación legítima, pero parte de una confusión de fondo. La tecnología no define el espíritu con el que se usa. Y en el caso de la medicina de precisión, la biotecnología no está alejando al paciente del sistema sanitario: está acercando el sistema sanitario al paciente.
En ese sentido, la relación entre biotecnología y medicina de precisión no es solo técnica. Es profundamente ética. Cada avance en la caracterización molecular del paciente es, en realidad, un acto de reconocimiento: el reconocimiento de que esa persona no es intercambiable con ninguna otra. Que su enfermedad tiene un contexto biológico propio. Que merece una respuesta a su medida. La tecnología, lejos de deshumanizar, se convierte aquí en el vehículo de un ideal humanista que lleva más de un siglo esperando los instrumentos adecuados para materializarse.
El sector biotecnológico ocupa, en este contexto, un lugar central que va más allá de la innovación comercial. Las empresas de biotecnología son, en buena medida, las arquitectas de ese puente entre la aspiración médica y la realidad clínica. Cada nueva plataforma de diagnóstico molecular, cada terapia génica, cada herramienta de análisis ómico, al mismo tiempo, un avance científico y una respuesta a una promesa muy antigua. No son solo productos. Son, en el sentido más literal, instrumentos al servicio de una visión de la medicina que pone al individuo en el centro.
Marañón (y mucho menos Hipócrates) no pudo imaginar la secuenciación del genoma. Tampoco las terapias CAR-T, ni los datos ómicos, ni los modelos predictivos de respuesta terapéutica. Pero sí intuyó algo que hoy la biotecnología está demostrando con datos: que la medicina más avanzada es, paradójicamente, la más humana. Aquella que es capaz de ver, en cada enfermo, una historia clínica irrepetible. Cien años después de su promesa, por fin tenemos las herramientas para cumplirla.
¿Está nuestro sistema sanitario preparado para tratar enfermos, y no solo enfermedades?